8/05/2005

Ha de terminar este balance…lo necesito a la tarde García, me dijo con esa cara de sapo que tiene…que coño va a necesitar el balance de cuentas, el caso es joder al personal y a mi el primero…y otra vez a comer en el parque con el puñetero portátil…

Y dicho esto cerró el portátil de un golpe y lo dejó en la otra punta del banco en el que estaba sentado. El banco de siempre, al pie de un magnolio que le protegía del sol del mediodía. El jodido banco que le dejaba el culo a rayas todos los días que debía acabar un trabajo para la tarde. Cada vez que eso ocurría salía raudo del trabajo, compraba un bocadillo y se sentaba en ese estúpido banco que se encontraba en el parque, tan cerca de la oficina. Y venga a teclear y teclear, morder el bocadillo rápidamente y vuelta a teclear. Pero hoy había sido más rápido que de costumbre y aún le sobraba media hora antes de volver al tajo, así que se repantigó en el banco y le dio unos sorbos a la lata de cerveza. El sol estaba alto, un hermoso día de primavera y el ni se había dado cuenta. Los viejecillos paseaban cansinos pero sin prisa disfrutando de la perfumada brisa, las parejas sacaban al perro un rato y algún que otro turista se paraba ha hacerse una foto ante la fuente. Alguna vez le habían pedido que sacara él la foto y casi siempre hacía el gesto, pero no sacaba la foto. Así cuando llegaran a su casa, no tendrían una foto que les recordase la fuente, pero si el vivido recuerdo del tío que les hizo la perrada de no apretar el dichoso botoncito. Turismo cultural, contacto con las gentes del lugar, lo llamaba el señor García.

Mientras pensaba en todas estas cosas un niño de no más de siete años se sentó en la otra punta del banco, cerca del portátil. El señor García le dedicó su peor mirada de odio como tantas otras veces había hecho ante una situación similar. No soportaba el tener que compartir el banco, su banco. El chaval ni se dio cuenta ya que se encontraba ensimismado jugando con un pequeño péndulo. Parecía de plata y brillaba con fuerza al igual que la corta cadena de la que colgaba. Lo hacía girar lentamente sobre la palma abierta de su mano izquierda y contaba en voz no muy alta, casi susurrando, las vueltas que daba. Luego daba la vuelta a la mano y el péndulo invertía el sentido de giro y el niño contaba ahora hacia atrás. Al llegar a cero, cerró su mano sobre el juguete y sonrió.

El señor García se había quedado embobado mirando al péndulo, como hipnotizado, y cuando dejó de girar sintió un ligero fastidio. Sacudió la cabeza y evitó la sonrisa del crío alargando la muñeca izquierda para mirar el reloj. Todavía quedaba media hora. Metió la mano en le bolsillo y rápidamente la volvió a sacar.

-…cómo que queda media hora? ¿No se me habrá parado el reloj? Por que entonces si que la jodimos…llego tarde y ese cabrón que tengo por jefe me despide – pensó.

Se quedó observando al reloj y vio como este si funcionaba, pero… ¡giraba al revés! Le dio unos golpecitos con la yema del dedo y el reloj comenzó a girar en el sentido correcto. Le arreó entonces un manotazo de rabia pensando que estaba fastidiado y volvió a girar en sentido contrario. Desesperado por saber la hora se levantó y quiso preguntarle a la pareja del perro pero ¿por qué andaban hacia atrás? Miró a su alrededor. El niño seguía en el banco jugando solo como un autista, en ese momento le daba la vuelta a la mano. La pareja y el perro caminaron nuevamente hacia delante y en ese momento se le encendió la chispa… ¡puto péndulo!

- Trae para acá eso – y con un movimiento brusco le arrancó el juguete de las manos.

El niño lloraba y saltaba a su alrededor pidiéndole insistentemente que se lo devolviera. No le hizo caso y puso a girar el péndulo de forma desenfrenada. El niño se fue haciendo cada vez más pequeño, la gente pasaba hacia atrás a una velocidad endiablada al igual que las nubes, el sol, la luna, los días y las noches, las estaciones… Cuando el chaval ya era solo un bebé a sus pies, paró. Debía de haber retrocedido en el tiempo unos seis años. Era maravilloso. Se sentía increíblemente bien, se sentía Dios. Y entonces se le ocurrió una macabra idea y sin pensarlo dos veces puso a girar la máquina del tiempo en sentido contrario. Las cosas se sucedieron a la inversa de lo que había pasado antes. Todo iba hacia delante velozmente. Un fuego en su interior le animaba a girarlo más rápido.

Vas a morir pronto gilipollas y yo te visitaré en el cementerio…si, si…y escupiré sobre tu tumba… por explotador…por cabrón… por amargarme la existencia en esa asquerosa oficina de mierda… te ha llegado el día….

No lo vio llegar. Un certero puñetazo en el estomago le hizo doblarse como una rama por el viento. Lentamente cayó al suelo y se quedó allí tendido. Entreabrió los parpados, le pesaban como losas, y vio a un hombre de unos cuarenta años que no conocía. Su rostro le resultaba vagamente familiar. Se agachó y le dirigió una mirada reprobadora a la vez que recogía del suelo el péndulo, su péndulo. Se dio cuenta en ese mismo momento… ¡puto crío!

Tirado en el suelo como una muñeca rota el anciano harapiento en que se había convertido el señor García no dejaba de pensar en lo que le había sucedido, en como había jugado con el tiempo de los demás si percatarse de que el que antes era un niño ahora era un tío mayor que él. También comprendió de repente por que el niño se cuidaba mucho de contar las vueltas del péndulo para luego restituirlas. Cuando lo hacía girar, todo rejuvenecía o envejecía, y el chaval siempre deseaba volver al presente. Por lo menos le quedaba el triste consuelo de que nunca más tendría que volver a su oficina y que su jefe ya debía de estar criando malvas desde hacía mucho tiempo por lo que aún tuvo fuerzas para gritar:

- ¡JOOOOOOOOOOOOOOOODETE CABROOOOOOOOOOOOOOOON!

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